El Seminario Interdiocesano Cristo Rey realizó una nueva edición del “Jacintazo”
En la tarde del viernes 28 de noviembre, cuando Montevideo tenía ese clima tibio y un poco cansado de fin de año, en el seminario interdiocesano Cristo Rey, el ambiente era distinto.
Ingresar al hogar de los seminaristas implica sumergirse en un mundo generalmente tranquilo, propicio para el estudio y la oración. Pero la tarde de ese viernes fue diferente. Desde fuera se escuchaba un murmullo creciente, saludos, risas.
Sobre las siete y media de la tarde, los seminaristas se preparaban para compartir, con cerca de un centenar de jóvenes, la celebración de la eucaristía y se disponían a participar de un nuevo Jacintazo. Una celebración que se consolidó como cierre del año formativo y que, antes de ser un torneo de fútbol, es un gesto: abrir las puertas de la casa para que otros conozcan cómo es la vida de quienes se entregan al llamado de Dios al sacerdocio.
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Muchos venían con su ropa deportiva, otros con sus bolsos, algunos con mochilas —presumiblemente luego de estudiar—. Había jóvenes de distintas edades, parroquias y comunidades de Montevideo, pero también familias, amigos y allegados.
El padre Guillermo Buzzo, rector del seminario, los miraba como quien reconoce la escena. El Jacintazo es un evento esperado por todos ellos, y es una de las tres instancias en el año en que fe, deporte y convivencia sirven para abrir la casa de formación y darla a conocer.

“El deporte es parte fundamental de una propuesta formativa integral. Y, además, esta instancia ha nacido de los propios seminaristas que han querido compartir la alegría que viven dentro del seminario. Abrir las puertas para dar a conocer la alegría vocacional, la alegría de la respuesta al Señor”, explicó el sacerdote, luego de participar de la misa presidida por el cardenal Daniel Sturla, visiblemente satisfecho con la convocatoria.
Y agregó algo que explica esta clase de encuentros:
“Empezó tímidamente, con algún invitado al fútbol que organizábamos entre nosotros, y después fue creciendo, al punto que hoy hay más de cien jóvenes, de los cuales solo algunos son seminaristas (…) Lo lindo es que, a partir de estos encuentros, muchos han podido conocer el seminario, conversar con los seminaristas, conocerlos, y en algunos también generar la pregunta de si este no será el camino también para ellos. De hecho, alguno de los que empezó este año, y de los que empezará el año que viene, se vinculó con el seminario a través del fútbol; algo tan propiamente uruguayo y con tantos valores”.
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Afuera, el sol empezaba a caer cuando una caravana improvisada salió rumbo a las canchas de fútbol cinco conseguidas para la ocasión. Allí, los equipos ya estaban dibujados con la lógica caótica de cualquier encuentro entre amigos: uno invita a un primo, otro a un compañero de la parroquia, otro aparece con un conocido que solo vino a mirar pero que termina jugando.
Las canchas se llenaron rápido, y la pelota comenzó a rodar con prisa. El cardenal Sturla, al igual que en ocasiones anteriores, se sumó a uno de los equipos.
Simón Gutiérrez, uno de los seminaristas organizadores, destacó el rol pedagógico y de evangelización del deporte:
“Así nos llama el Señor… no somos ningún club de perfectos, sino tipos como cualquier otro que sentimos que Dios nos pide seguir esta vocación y tratamos de responder a esta convocatoria del “Maestro”. Este fútbol me ayudó a encontrar en qué vocación —en qué lugar de la Iglesia me quiere Cristo—, o en términos futbolísticos, encontrar la posición en la cancha”. “Otro nos dijo que jugar con nosotros le hace acordar que tiene que rezar más por nosotros, así que viene bien que sigamos jugando al fútbol”, agregó entre risas.

Simón afirmó que “desde el seminario nos dimos cuenta que él fútbol no solo servía como herramienta de formación personal y comunitaria, sino de evangelización y de pastoral vocacional. Porque ayuda mucho a los jóvenes ver que somos tipos normales que nos calentamos, que nos divertimos, que somos competitivos, que hacemos goles (y también los erramos)”. Y también aclaró: “el fútbol del seminario no lo inventamos nosotros, ya venía de antes”.
El fútbol, y el deporte general, siempre ha estado presente en la formación de los seminaristas, pero en el tiempo post pandemia el lugar de para los partidos fueron las canchas del Colegio Maturana. En 2023, después del fútbol, los seminaristas decidieron también compartir un momento de encuentro:
“Cerramos con misa y con pizzas de Gabriel ‘Chespi’ Muscarelli, y ese día llenamos la capilla del seminario. Ese mismo año fue la beatificación de Jacinto Vera, así que lo convertimos en un torneo y le pusimos su nombre. Así surgió el ‘Jacintazo’. En 2024 y 2025 nos animamos a hacer varios campeonatos al año, y fue ahí que apareció la Walter Cup, en honor al siervo de Dios Walter Chango”, añadió el seminarista.
También compartió los sentimientos que generan estas instancias en quienes hacen parte: “Lo vivimos con memoria agradecida, dando gracias por todos quienes fueron parte del inicio de estas movidas. Hoy cerramos este espacio dando gracias a Dios y encomendándonos a la Virgen y a San José”.
“¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen! ¡Y que viva el fútbol de los seminaristas!”, exclamó con alegría.
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Los partidos terminaron y llegó el momento de compartir la mesa. Ese tiempo en el que nacen las anécdotas, los comentarios de las jugadas, las risas y los abrazos. Después, vendrá el tiempo de rumiar lo vivido; para algunos será el tiempo de fortalecer la vocación y para otros, por qué no, el tiempo del llamado.
Iglesia Católica de Montevideo
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