A través de testimonios, este informe del quincenario Entre todos recorre uno de los caminos de peregrinación más importantes del cristianismo
El Camino de Santiago
“Fue la primera vez en mi vida que experimenté con tanta fuerza la bendición de seguir firme más allá de las tempestades. Caminando tantas horas, todos los días, la mayoría del tiempo en silencio, muchas veces sentía que no podía más y que no iba a llegar. Pensaba en la meta y sentía que era un abismo, pero poco a poco fui descubriendo cómo caminar el camino. Tenía que dejarlo todo en el momento y la meta iba a llegar sola. Recuerdo ver en los pueblos carteles que decían ‘no hay dolor sin gloria’ así es el camino, así es la vida”, cuenta Agustina (25), que hizo el Camino francés durante una semana con su hermano Juan Francisco (31) en mayo de 2013.
El Camino de Santiago, durante más de mil años, ha conducido a los peregrinos hasta el santuario del apóstol Santiago el Mayor. Su tumba, descubierta una noche del año 813 en el monte sagrado del Libredón, fue la piedra fundacional de la Catedral de Santiago de Compostela y de la ciudad que también lleva ese nombre.
Cada vez que un peregrino camina por las viejas sendas continentales del Camino de Santiago, se pone en marcha un antiguo mecanismo de búsqueda común a todos los cristianos: el viaje hacia la salvación. Y, con él, vuelve a iniciarse la experiencia del propio descubrimiento, el que aseguran experimentar todos los peregrinos a medida que avanzan por los caminos que conducen a la meta, Santiago de Compostela.
Camino al andar
Las rutas que conducen a Santiago son muchas y de diferentes distancias. El trayecto más corto se hace por el Camino Baztanés (109 km) y el más largo, por el Camino del Norte (815 km). Los caminos se realizan por etapas, planificadas antes de emprender el viaje, dependiendo del punto de partida, de la modalidad en que se haga (a pie, bicicleta o caballo) y de los kilómetros que se harán. “Mientras organizábamos el viaje, nos parecía mucho caminar entre 15 y 25 kilómetros por día. Fue por eso que decidimos hacer el Camino Portugués (116 kilómetros) que era de los más cortos, haciendo el esfuerzo de hacer una etapa por día y en uno de los cinco días, hacer dos etapas, por más que parecía casi imposible”, confiesa Mercedes (18), que hizo el camino en febrero de este año con su prima. “Fue tanto lo que disfrutamos de cada momento, cada etapa, cada paisaje, que los 15 o 25 kilómetros (y hasta 32 un día) no eran de importancia, solo seguíamos adelante sin pensar en eso. Fue tal el placer y la satisfacción de hacer el camino que ambas, cuando terminamos, concordamos en que queremos volver y caminar muchos más días”, agrega.
Joaquín (23) hizo el Camino Portugués (116 kilómetros), desde la casa de la Virgen en Fátima, y afirma: “Tenía una semana para hacerlo, por lo que me propuse como prueba caminar 60 kilómetros por día. Aguanté cuatro días y continué la otra mitad en bicicleta”. En general, se camina entre 20 y 25 kilómetros diarios y hasta 70 en bicicleta. Se recomienda llegar a un nivel de marcha regular y rítmica acorde a la edad de la persona y hacer paradas de diez minutos cada una hora.
Para atender a los caminantes han surgido iglesias, hospitales, refugios, y puentes a lo largo de los recorridos. Una opción diferente a los albergues son los hoteles privados, en general utilizados por grupos numerosos o cuando desean hacer pausas en el camino y descansar. “Al finalizar cada día, con mi hermana Agustina lo primero que hacíamos era buscar la Iglesia del lugar para poder llegar a Misa y agradecer de la mejor manera. Fue increíble, pero pudimos lograrlo en cada etapa”, cuenta Juan Francisco (31), que hizo el Camino francés durante una semana con su hermana Agustina (25).
Con lo puesto
La elección de la mochila, el calzado y la ropa adecuada para la temporada es uno de los puntos clave. El límite de peso que se aconseja cargar en la mochila suele ser un 10% del de la persona.
“Nuestro primer desafío fue armar la mochila de las cosas que cada uno iba a llevar, la realidad es que terminamos llevando solo una muda de ropa, las cosas más básicas de tocador, plata y documentos. Además de esta pequeña mochila que llevaba cada uno, mi hermano también cargó con su guitarra todo el viaje, una locura, pero la verdad que fue muy bueno para cada día hacer un rato de oración con cantos en la capilla de los pueblos donde íbamos parando a dormir”, cuenta Agustina.
«Aprendí que con el espíritu encendido el cuerpo aguanta mucho más de lo que pensamos, que nuestra mente está llena de preocupaciones que no nos permiten unirnos plenamente a Cristo». Joaquín (23)
Lo ideal: primavera y otoño
Las estaciones más recomendadas para emprender el camino son primavera y otoño. Así, se evitan las altas temperaturas del verano o la lluvia y/o nieve del invierno. “Fuimos en el mes de mayo, supuestamente primavera. Mientras llegábamos al lugar de nuestra partida veíamos a lo lejos que nevaba. Fue increíble. Miré mi mochila y sólo llevaba una muda de ropa y no tenía campera. Al llegar al lugar del inicio del camino comenzó a llover… nos compramos unos pilot y arrancamos nuestro camino con mucho frío, pero con fuego en el corazón. Sabíamos que nos esperaba algo grande y la alegría superaba cualquier adversidad climatológica”, expresa Juan Francisco. “Creímos que iba a hacer mucho calor, pero nos agarró una helada enorme y llovió durante todo el camino, el primer día estábamos totalmente desconcertados”, agrega Agustina.
“El paisaje imponente nos hacía alabar a Dios y darle gracias por poder estar ahí. Dios nos dio muchas luces en el camino, como contemplar su grandeza en la creación. Pudimos tener momentos de oración personal, ya que cada día es largo y hay mucho tiempo para rezar y meditar”, señala Juan Francisco.
Los frutos del camino
“Durante el camino iba rezando de continuo. Me llevaba a pensar más profundamente en mi vida y en las decisiones que estaba buscando tomar. Me ayudó a calar más hondo, a no tener miedo de hacer frente a lo desconocido, a conocerme más y creo que luego de esos días el Señor me regaló el don de la perseverancia”, cuenta Agustina. Mercedes, por su parte, agrega: “Hoy, ocho meses después de que hice el camino, puedo afirmar que hacerlo cambió mi vida espiritual. El gran fruto de esta experiencia fue la Misa diaria. Comenzó siendo ‘un sacrificio de cuaresma’ y terminó siendo una actividad imprescindible de todos mis días, hasta el día de hoy. Yo estoy convencida de que fue una de las gracias recibidas en el camino, por más que luego fue reafirmada por otras experiencias”.
“El camino es un pequeño tramo del verdadero camino en esta vida, a la que Dios nos llama a servirlo con entrega, amor, alegría y fe. El Señor me fue iluminando espiritualmente hasta sentir su presencia permanente. La providencia era ya algo secundario, camino a camino, día a día, persona a persona eran de un encuentro único con Él”, afirma Joaquín.
La meta: Santiago de Compostela
Quienes logran llegar a Santiago obtienen la recompensa de la Compostela, un diploma extendido por la Oficina del Peregrino para certificar que la ruta ha sido hecha con sentido cristiano. Lo obtienen los peregrinos que cubren los últimos 100 kilómetros a pie o a caballo, y los que en bicicleta recorren los últimos 200. Debe presentarse la credencial oficial de peregrino con uno o más sellos diarios de los albergues o las parroquias recorridas en el tramo realizado.
“El ultimo día, con mi hermano Juan Francisco, salimos muy temprano porque queríamos llegar a la Misa de peregrinos a las 12:00 en la Catedral de Santiago de Compostela. Teníamos que caminar ágiles y no hacer paradas para poder llegar a tiempo. Comencé a rezar y pedirle a Dios para sacar la fuerza desde Él, era el último día y ya no tenía fuerzas. Mi oración durante toda esa jornada de caminata fue decir el nombre de Jesús, creo que el nombre de Jesús es poderoso… ‘Jesús, Jesús, Jesús’. Él era mi fuente de fortaleza, fue la única vez que camine llevándole ventaja a mi hermano, que siempre caminaba delante de mí”, confiesa Agustina.
“Pasaban los primeros días y yo pensaba: ‘No veo que el camino me esté convirtiendo o cambiando la vida como todos los que vinieron decían’. Pero los tiempos de Dios no son los mismos que los nuestros. Fue llegar a la Catedral de Santiago de Compostela, asistir a la Misa de peregrinos y luego rezar en frente a la tumba de Santiago apóstol, para sentir mucha paz, plenitud de haber logrado el objetivo, y ante todo asombro de estar rezando frente a la tumba de un apóstol de Jesús», cuenta Mercedes.
Card. Daniel Sturla, Arzobispo de Montevideo
Camino y oración
Este año salimos con 13 compañeros del colegio desde Saint Jean Pied de Port, en Francia. Hicimos el cruce de las montañas de Los Pirineos caminando, sin duda es lo más duro, pero al mismo tiempo, unos paisajes increíbles y un tiempo favorable. Fueron unos 120 kilómetros y una experiencia espiritual muy fuerte. El día es caminar y caminar, unido a la oración. Para nosotros, que ya tenemos cincuenta y largos años o casi 60, es un reencuentro de amistad. Una experiencia disfrutable, en medio del cansancio y de las incomodidades propias de la caminata. En los albergues uno vuelve como a la época de los campamentos de la infancia y la adolescencia.
Caminar, peregrinar, y llegar a la Catedral de Santiago de Compostela, confesarse, abrazar al apóstol y celebrar la Eucaristía reaviva nuestra fe… que está basada en los apóstoles, Santiago es uno de los 12.
Agustina Mackinnon, Estudiante (25 años)
Testimonio
Me preguntó: «¿Por qué tú y toda esta gente hacen este camino?» La verdad es que me desconcertó un poco la pregunta, pero me daba cuenta de que era una mujer triste como si su vida no tuviera sentido, y así lo fue. Me dijo que hace tres años no tenía licencia en el trabajo y que era la encargada del hostal. Le pregunté cuál era la razón de su trabajo, para qué se desvivía ahí adentro sin tener un sentido por el cual hacer lo que hacía. Me respondió que solo trabajaba por su hijo y que si él no viviera, ella no sabría para qué vivir. Le di mi testimonio de fe, hablamos de la vida eterna, nuestra razón de existencia y el amor de Dios y el deseo de que seamos felices y ayudemos a los demás a descubrir a Dios, fuente del amor. Luego de muchas idas y vueltas, la señora tenía la cara trasformada. Era como si la esperanza le hubiera vuelto al cuerpo. Me despedí de ella y cuando salí, ya caminado, escuché que me gritaba “¡Agustina!”, me di vuelta y me dijo: deseo que llegue ese día cuando esté de cara a Dios en el cielo para poder decir: esta chica tenía razón, el cielo sí existe.