La joven artista vio en el arte contemporáneo la posibilidad de plasmar lo sagrado y dar lugar a lo divino en el mundo moderno. Sus obras ocupan templos, galerías y corazones.
Hay paisajes. Paisajes exteriores e interiores. Paisajes con múltiples capas. Paisajes que reflejan calor y frío. Hay movimientos. Movimientos que a veces producen transformaciones profundas. Hay momentos. Momentos íntimos, de oración, de contemplación. Momentos comunitarios. Momentos de charlas, de aprendizajes, de escucha. Hay cosas. Cosas que parecen no tener sentido, y que después lo empiezan a tener, y producen otras sensaciones.
Todo eso que hay, Clara Collet lo usa para sus obras. Lo recolecta, lo observa, lo modifica. Es un ejercicio que lleva tiempo y que consiste en poner en práctica una mirada. Su mirada busca reivindicar la grandeza en lo sencillo, lo sagrado en lo cotidiano, lo divino en lo humano. En sus manos todo eso que hay, se convierte en obras de arte.
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María Clara Collet Heller llegó a este mundo el 1.° de noviembre de 1997. Hija de Francisco Collet —arquitecto— y Teresa Heller —química farmacéutica y docente universitaria—. Nació tercera en una casa montevideana donde ya había dos hermanas —Isabel y Cecilia— y donde luego habría dos más —Luisa y Nicole—. Cinco mujeres en fila.
“Crecí en una familia católica practicante y que tiene el espíritu de la obra del Opus Dei. Para mí es súper importante la presencia de san Josemaría Escrivá porque él invita a ver la santidad, la belleza en la cotidianidad y lo simple de cada día”, dice en entrevista por Meet desde Alemania, donde reside desde marzo del año pasado.
No se educó en ningún colegio del Opus Dei, ni está afiliada a la prelatura personal, pero sí participa de sus actividades. “Su carisma fue muy importante en mi vida, porque desde pequeña fui a iniciativas que ofrecía la obra. Mis padres siempre quisieron ponernos en contacto, a mis hermanas y a mí, con la realidad de la marginalidad y la pobreza”.

Clara dice que siempre asoció al arte como un espacio para conectar con otros. En 2012, comenzó a hacer voluntariados a través de la Residencia Universitaria del Mar, obra del Opus Dei en Pocitos. Pintó murales externos e internos en varios lugares: en el colegio Nuestra Señora del Carmen, en Minas (2012); en el Hospital Vilardebó, Montevideo (2015); en centros CAIF, Tacuarembó (2016); en el Hogar Pablo VI, Montevideo (2017) y en un residencial de Durazno (2019).
Sus padres siempre fueron asiduos a la iglesia de su barrio, San Juan Bautista. Con la llegada de sus hijas, la familia se sumó a esa tradición. “Recuerdo participar en el coro cuando tenía cinco años. Nos daban los palitos y los triángulos, y tocábamos. Luego crecí y seguí cantando en el coro, hasta llegué a dirigirlo. La verdad es que, en los últimos años, tuvimos unos sacerdotes impresionantes”, dice, y acto seguido nombra a cada uno: Robin Traverso, Sebastián Alcorta, Mathias Soiza, Luis Fariello e Ignacio Donadío.
“Es una comunidad preciosa, que tiene muchos jóvenes. Eso fue muy importante en mi vida: tener una contención espiritual entre pares, compartir vivencias de fe, cada una con su historia y realidad”.
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Desde pequeña, Clara vive el arte. A los tres años, empezó a bailar ballet, y más tarde se dedicó a la danza contemporánea. Tras egresar del liceo, optó por tomar clases particulares de canto lírico para formarse en música barroca. En 2015 se integró al Ensemble Vocal De Profundis, dirigido por Cristina García Banegas. “Fue un compromiso precioso que me aportó muchísimo, y que me acercó a Dios desde el arte”.

Su talento no se limitaba solo a la danza y el canto. También se expresaba a través de la imagen: la forma, el color, la materia. Siempre le había gustado pintar.
En 2016, ingresó a la Universidad Católica del Uruguay para estudiar la licenciatura en Artes Visuales, título que obtuvo en 2019. Durante su carrera, cursó prácticas y trabajos de campo relacionados con lo pedagógico y lo social que la llevaron a perfilarse hacia lo comunitario, trabajando con niños y adultos de distintas realidades a través del arte.
“El arte religioso ha sido desplazado de la escena artística. En la facultad me decían que el arte religioso no es considerado arte contemporáneo. Sentía que me clavaban una espina. Como persona creyente, meditaba sobre esto. Para mí es muy valioso que desde las artes visuales se hayan hecho o se realicen obras para que la gente rece”.
Definir el arte contemporáneo es un desafío. Ella suelta palabras y frases que intentan abarcar su complejidad: “Cuestiona, critica, incentiva la reflexión, desafía los límites. La interdisciplinariedad hace que la línea de lo que es arte sea más difusa. Su discurso tiende a ser anticlerical y antirreligioso”.
Clara está convencida de que es posible crear arte religioso desde una perspectiva contemporánea. Está convencida de que este tipo de arte puede habitar en los templos. Está convencida de que este tipo de arte puede ser un instrumento para acercar a los fieles a la oración. Está convencida de todo esto y lo defenderá con firmeza.

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“Nunca podría separar mi proceso de obra de mi ser religioso. Para abrirme al proceso artístico, me dejo guiar por la gracia del Espíritu Santo”.
Cada obra es más que un oficio. Cada obra es una búsqueda. Antes de empezar, enciende una vela. Es su momento de oración personal.
“Más que el resultado, me importa el proceso: una práctica performática en sí misma. Los materiales, las personas con quienes me relaciono, el lugar donde trabajo, todo eso es parte de la obra. Después, hay un resultado”.
Su obra no es un destino, es un camino. No busca solo ser exhibida. Lo que la mueve no es el objeto terminado, sino el proceso: la búsqueda, los gestos, la transformación.
Hay fotos y videos. Fotos y videos que muestran paisajes, templos, galerías de arte y su atelier. Fotos y videos en los que ella aparece en acción: trabajando, pintando y rezando. Fotos y videos que documentan el proceso de sus obras. Fotos y videos que presentan la obra terminada, desde distintos ángulos.
Todo eso se puede encontrar en su sitio web, un rincón digital donde su arte se despliega y se comparte con el mundo.
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“Algo que me alegra mucho es hacer obras para las iglesias, porque siento que es uno de los lugares donde el arte sigue vivo. Las obras son un medio para que la gente entre en oración con Dios. Es más fructífero eso que vender una obra a una galería de arte”.
En 2023, al párroco de San Juan Bautista, Luis Fariello, se le ocurrió una idea: crear el Altar de la Patria. Un espacio dentro del templo, a la derecha del altar mayor. Puso en el centro una imagen de la Virgen de los Treinta y Tres, flanqueada por las banderas del Vaticano y Uruguay. Pero, aun así, no era suficiente. Faltaba algo. Algo que le diera más identidad.
El sacerdote llamó a Clara y le pidió que retratara a santa Francisca Rubatto y al beato Jacinto Vera. Ella aceptó con una premisa: trabajar con materiales que estuvieran ligados a cada figura.

Para crear la imagen de Rubatto, fue al santuario que homenajea a la santa, ubicado en el barrio Belvedere, donde reposan sus reliquias. “Primero tuve una charla con las monjitas para entrar en el carisma de ellas. Me prestaron un montón de libros. Me empezaron a aparecer personas que conocían a esta santa, sin saber que yo estaba en proceso de hacer la obra. Empezó a aparecer su intercesión”.
Para la pintura, usó tierra del patio donde la santa rezaba, frente a una imagen de san José de la Providencia. También mezcló óleo crismal de ordenaciones, donado por la parroquia San Juan Bautista. Óleos del año anterior, en desuso, que cobraron nueva vida en su obra.
En cuanto al retrato de Vera, viajó a Pan de Azúcar, el lugar donde el primer obispo de Montevideo administró los últimos sacramentos y falleció. Allí, tomó tierra y una baldosa que le entregó el párroco de la zona.
“Yo trabajaba en el balcón del coro de San Juan Bautista. Ahí podía dejar mis materiales y nadie me molestaba. Muchas veces participaba de las misas mientras pintaba. El día en que empecé la obra, al minuto de haber entrado, se celebró un bautismo. Fue muy simbólico y providencial, porque comencé el proceso de obra con este rito de iniciación al cristianismo. Sentí que bautizaban mis obras. Esto me dio mucho gozo y me regocijó un montón porque incrementó el sentido del proceso de obra”.
En tres meses, completó las dos piezas. Pasó horas enteras en el templo, incluso los fines de semana. No dejó un solo día sin pintar. El 6 de diciembre de 2023, sus creaciones vieron la luz.
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A principios de 2023, ya había recibido otro encargo. Esta vez, fue de monseñor Milton Tróccoli, obispo de Maldonado-Punta del Este-Minas. Era para la Casa del Peregrino, ubicada a los pies del Cerro del Verdún, en Minas, Lavalleja.
“El concepto que quería transmitir era el de la ascensión, y el paisaje de la zona se prestaba mucho para esto. El cerro, el acto de ascender, se conecta directamente con el tema de la elevación, con ese proceso de subir, de recolección, que se da tanto en el terreno como en la espiritualidad”.
La obra se compone de arcilla y pastel tiza sobre lienzo, montada en madera. Cristo aparece en una representación monocromática, con tonos blancos y transparentes, que le otorgan una presencia sutil, pero a la vez intensa. El fondo y la figura de Jesucristo no están separados; son una sola unidad. Hay una unión entre ambos mundos, entre lo terrenal y lo celestial.
“Me encanta hacer retratos y obras figurativas, y el retrato de Cristo fue un desafío distinto, porque no existen referencias fotográficas de su rostro. Este trabajo se convierte en una especie de meditación: uno no solo se limita a reproducir una cara, sino que a través de la oración y la reflexión, se va descubriendo la imagen, el espíritu de lo que se quiere transmitir”.
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Clara puede hablar durante horas sobre el proceso de creación de sus obras. Sobre lo que la inspira, sobre los materiales, sobre los detalles que no todos ven, sobre los resultados.
En 2021, le encargaron un ícono de la Virgen del Perpetuo Socorro, pintado con temple al huevo y pan de oro. Era para obsequiar a una mujer de familia ortodoxa que se convirtió al catolicismo. Ese mismo año, otro encargo: un ícono de san Juan Bautista, en óleo sobre madera con pan de oro, para obsequiar al padre Sebastián Alcorta, antes de su viaje a España para estudiar catequesis. En 2022, la Universidad de Montevideo (UM) la convocó para crear un vía crucis, que luego se instaló en la Capilla FIUM, en el edificio de la UM, en el Parque de Innovación del LATU.
Todos estos encargos fueron remunerados. Son su trabajo. Pero muchos otros los hace de manera voluntaria. Como el fondo de imagen del Jardín de la Virgen, en la parroquia San Juan Bautista. “Para mí, el arte es una forma de contribución, como lo es para otras personas regar las flores de la iglesia”.
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Corría el año 2021. Un día, Clara tuvo en sus manos el libro Jachu: con los ojos en el cielo, escrito por Daniela Gastaldi, quien narra la historia de su hija, Jacinta Otegui, que falleció a los doce años de edad en junio de 2020, después de luchar contra una dura enfermedad.
Lo abrió al azar en el capítulo cuarenta y seis, titulado Cómo es el Cielo. Leyó unas líneas. El libro no era de ella, sino de una persona conocida. Preguntó si podía llevárselo para leerlo completo. La respuesta fue no: ya estaba prometido a otra persona. Pero en ese instante lo supo: “Tengo que hacer una obra de Jacinta”.
Se contactó con la madre de la niña, quien la recibió en su casa. Le mostró escritos, fotos, recuerdos. Conversaron largo rato.
Días después, Clara se enfermó. Una gripe tremenda. Llamó al médico. Cuando firmó la receta, vio su apellido: Otegui.
“¿Sos familiar de Jacinta Otegui?”, preguntó. El médico asintió y dijo: “Sí, soy el tío”. Ella no lo podía creer. Le contó sobre su encuentro con Daniela y sobre la obra que iba a empezar. El médico escuchó en silencio. Luego se puso de pie para irse. Antes de salir, se detuvo, se dio vuelta y preguntó: “¿Vos necesitás el libro de Jachu?”. Días después, le acercó un ejemplar.
Para crear la obra, visitó el cementerio donde está enterrada la niña. Rezó, extrajo agua de un lago dentro del lugar y la usó para fabricar el papel sobre el que trabajó. Mezcló lavanda e incienso, los aromas mencionados en el libro. Todo tenía un significado.
En la Noche de los Templos de 2021, exhibió el retrato en el bautisterio de la parroquia San Juan Bautista. La familia Otegui estuvo presente. La madre se acercó. Miró la imagen. La contempló. “Me dijo que muchos habían retratado a Jachu, pero que nadie había captado su mirada como lo había hecho yo. Me dijo cosas hermosas. Nunca me las anoté, pero las guardé en mi corazón”.
Había un dato que desconocía, algo que ni siquiera había pasado por su mente: Jacinta había sido bautizada en ese mismo lugar. Ese hallazgo, justo al momento de instalar la obra, le dio un nuevo significado. Un descubrimiento que aún hoy la emociona hasta las lágrimas.
Ella prefiere llamar providencia a las casualidades que tuvo y tiene en su vida. No son contingencias. “Si uno quiere planificar las cosas, desde un pensar calculador y racional, no sale. El arte, al trabajar desde la intuición, tiene un sentido totalmente espiritual. La intuición es el impulso divino, una gracia”.
Hoy, el retrato sigue en el atelier de Clara. Se lo ofreció a la familia. La madre lo agradeció, pero le pidió tiempo. Quiere encontrarle un buen lugar. Un lugar donde Jacinta siga mirando.
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“Hoy, a la distancia, veo que mi vida comunitaria en la parroquia San Juan Bautista marcó mucho en mi proceso artístico”.
En marzo de 2024, partió sola de Uruguay y se instaló durante dos semanas en la Abadía de Eibingen, Alemania, donde creó Camino de Cuaresma, una serie de aguadas —pinturas con tierra y agua— que primero se exhibió por los pasillos de la comunidad de monjas benedictinas y hoy se encuentra en la biblioteca de la Universidad Católica Argentina (UCA).
Durante estos meses, Clara estuvo en Grecia, luego regresó a Alemania. Pasó por Venecia y, finalmente, llegó a Múnich, donde trabaja, desde enero pasado, en un centro de salud que atiende a personas con discapacidades cognitivas. “Esta población es muy marginada en el mundo del arte”.

Trabaja con los pacientes a través del arte. Aún no lo hace de manera terapéutica, pero en octubre comenzará un máster en Arteterapia. Con él, obtendrá la certificación necesaria para abordar el diagnóstico a través del arte. Es una forma de empezar a poner en práctica lo que busca.
Extraña su hogar, los mates compartidos, las charlas con la familia y los amigos. Ir a la iglesia la hace sentirse acompañada. Asiste a misa todas las semanas y, aunque se celebre en otro idioma, para ella es lo mismo. Encontró nuevos amigos en la fe. Todos los miércoles canta en una adoración organizada por una comunidad española en Múnich. “La eucaristía es lo que más me ha hecho sentir en casa”.
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