Con motivo del Jubileo Misionero Nacional. Por el P. Fernando Sánchez.
El pasado sábado 18 de octubre, en el Colegio Seminario, se realizó el Jubileo Misionero Nacional. Compartimos el mensaje que el padre Fernando Sánchez dejo a los presentes.
Hermanos misioneros. Quiero invitarlos a un viaje imaginario en barca. Tal vez para algunos sea la primera vez, y para aquellos que hemos tenido la experiencia de navegar será volver a pasar por la memoria y el corazón los momentos vividos.
Jesús un día subió a la barca de Simón, que se encontraba a la orilla del lago de Genesaret y desde allí enseñaba a la gente. Cuando terminó, lo invitó a ir mar adentro y echar las redes para pescar (cf. Lc 5, 1-11) Así se dio inicio una travesía misionera, en la vida de Pedro como en la de los discípulos, que continúa hasta el día de hoy de la mano de nosotros los discípulos misioneros.
Nosotros, primereados por el Señor que llegó a la barca de nuestra vida, hemos sido invitados a ir mar adentro, a dejar la orilla, lo que nos da seguridad ―nuestro confort―, y lanzarnos, movidos por su invitación y su voz que nos ha cautivado, al mar de este mundo que habitamos para echar las redes. Lo hacemos confiados en su palabra como lo hizo Pedro: “si tú lo mandas, echaré las redes” (Cf Lc 5, 5b). Sabemos que él va en la barca, no estamos solos, es su misión y nosotros sus pescadores. Su Espíritu nos guía, es la brújula que nos marca la dirección, los horizontes y rumbos hacia donde nos dirigimos con el fin de orientemos para no perdernos, para no ir por otros causes y hacia otros lugares que no son los correctos.
Jesús es el ancla de nuestra vida misionera, de nuestra esperanza, quien nos da la estabilidad, seguridad y firmeza en medio de las dificultades que encontramos en la misión. Pero no es un ancla que siempre está hundida en la profundidad del mar, en la oscuridad, que nos hace estar estancados. Solo se da cuando estamos en medio del oleaje de la vida y necesitamos detenernos para encontrar un poco de estabilidad y no estar a la merced de la sudestada de este mundo, que nos desorienta y puede hacer que perdamos el rumbo.
Cristo, nuestra ancla, también se eleva, nos invita a desplegar velas para zarpar y dejarnos impulsar por el viento del Espíritu. Hoy, más que nunca estamos llamados a continuar como Iglesia esta nueva etapa de la evangelización en sinodalidad. Por delante nos espera este gran desafío de navegar como Iglesia, juntos guiados por su Espíritu, donde el “capitán” nos establece el rumbo, la velocidad y seguridad en la navegación. A quienes vamos en este barco, él asegura nuestro bienestar, nos da las tareas a desempeñar dentro de la embarcación y los roles y funciones que debemos cumplir, para que junto a él podamos llegar a buen puerto. Todos tenemos nuestra responsabilidad, una tarea, un servicio a desempeñar en la barca y durante la navegación. Es un trabajo en conjunto, donde cada uno es importante y desempeña un papel elemental para que todo funcione adecuadamente.
Somos conscientes que hoy corren malos vientos, que si la embarcación no cuenta con quien la gobierne, la conduzca, es arrastrada por el viento o la corriente, y anda sin rumbo fijo. Pero no es nuestro caso, Jesús está en la barca, está a babor y estribor, en la popa y proa. Podremos superar haciendo frente contra viento y marea, a todo tipo de inconvenientes y dificultades que se nos presenten en esta travesía misionera porque no estamos solos. Como bien nos recordaba el papa Francisco: “no nos salvamos solos, nos salvamos en comunidad”.
Dice un proverbio: “Ningún mar en calma hizo experto a un marinero”, lo cual sugiere que la experiencia se gana en las dificultades y los momentos de adversidad. Vamos forjando nuestra vida y ser misionero desde experiencias que muchas veces no son fáciles, nos ponen a prueba, nos generan crisis, pero a la vez, nos enseñan, y van preparando para crecer en el arte de la misión.
Las Obras Misionales Pontificias, estamos para ayudar a tomar conciencia del llamado universal a la misión, y favorecer la participación de todos los bautizados en la vida misionera de la Iglesia. Somos el instrumento precioso para «infundir en los católicos, desde la infancia, un espíritu verdaderamente universal y misionero (cf. Est. 12, OMP).
Elevamos anclas para continuar el viaje, porque el 19 de octubre nos unimos a celebrar con toda la Iglesia la Jornada Mundial de las Misiones. Será un día de oración por las misiones y misioneros del mundo entero, un día de alegría universal, sabiendo que el mandato de Jesús se lleva adelante, que su mensaje llega a todos los rincones de la tierra.
En su mensaje para la jornada mundial de las misiones 2025, el papa Francisco nos decía:
“Pienso particularmente en ustedes, misioneros y misioneras ad gentes, que, siguiendo la llamada divina, han ido a otras naciones para dar a conocer el amor de Dios en Cristo. ¡Gracias de corazón! Sus vidas son una respuesta concreta al mandato de Cristo resucitado, que ha enviado a sus discípulos a evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28,18-20). De ese modo, ustedes señalan la vocación universal de los bautizados a ser, con la fuerza del Espíritu Santo y el compromiso cotidiano, entre los pueblos, misioneros de esa inmensa esperanza que nos concede Jesús, el Señor”.
Un abrazo fraterno en Jesús Misionero del Padre.

