Sobre el Monasterio de la Visitación y las monjas salesas, o visitandinas. Undécimo artículo de la serie, por el Pbro. Gonzalo Abadie.
La Hna. María Gertrudis Crespi, autora del manuscrito que contiene la historia de las salesas en el Uruguay, acumula los recuerdos ya próximos a la partida desde Italia: la figura del P. Isidoro Fernández, el viaje de Milán a Génova, y los dieciocho días que retuvieron a las cinco monjas italianas antes de subirse al buque, en los que se hospedaron en el monasterio visitandino de esa ciudad. Las atenciones recibidas, las palabras de ánimo, la reconciliación de algunos parientes con la madre Radice…
Este buen Dios cuya providencia es infinita, nos había dado en la persona del señor D.ⁿ Isidoro Fernández, al ángel tutelar que debía dirigirnos, protegernos, velar sobre nuestra seguridad en un viaje tan largo, tan peligroso.
Este buen eclesiástico, aunque provisto de todas las buenas recomendaciones necesarias, no podía ser igualmente conocido en Italia, como lo es de estas partes donde goza de la estimación general. Extranjero al idioma, a las costumbres, a los reglamentos políticos, ¿qué no tuvo que sufrir en el discurso de los exámenes que se hicieron en Roma y en Milán sobre el asunto de esta fundación?
Su exterior bastante descuidado no inspiraba mucha confianza a aquellos que no hacen bastante aprecio a la virtud sólida, y se fijan más en lo que aparece. A pesar de todo esto, su paciencia heroica, junto con una grande confianza en Dios, lo hicieron superior a todas las pruebas; lo que nos descubrió más y más su mérito y contribuyó al éxito de su santa empresa. Sí, es preciso confesarlo, es a su celo infatigable, celo que miraba solo a la mayor gloria de Dios, que nuestro Instituto debe la humilde gloria de haber puesto sus raíces en la América meridional. Nuestro Señor, que todo retribuye con liberalidad lo que se hace por su amor, ¿cómo no recompensará en la gloria a este su siervo fiel, que tanto ha trabajado para extender el reino de su amor en las almas de sus esposas?
Nuestro Divino Maestro nos procuró otra satisfacción, que nos suavizó el rigor de una absoluta separación. La caridad paternal del Sr. canónigo Ambrosio Majosta, confesor de nuestro Monasterio de Milán, quiso mostrarse para con nosotras, hasta donde podía llegar. Él nos siguió hasta Génova, y nos dio unas pruebas muy sensibles de su bondad, y dejándonos, nos aseguró que tendría cada día memoria de nosotras en el altar; ¡oh, cuánto esta promesa alegró nuestras esperanzas!
Llegamos felizmente a Génova, habiendo viajado toda la noche, y habiéndonos parado en Alejandría para desayunarnos y ponernos en el fierro-carril.
A nuestra llegada a Génova hallamos al señor canónigo Magnasco (actualmente arzobispo de aquella diócesis) y al síndico del monasterio de nuestras hermanas, que nos esperaban.
Pero lo que nos causó una satisfacción inexprimible [inexpresable], fue el abrazar a nuestra tan querida educanda la marquesa María Bettinzoli de Conti, hermana de nuestra amada sor María Josefa Bettinzoli, profesa de nuestro Monasterio de Milán, y sobrina de la muy respetable madre, María Camila Conti, superiora de nuestro Monasterio de Turín.
Esta amable señora, juntamente con el señor marqués don Alonso Conti, su esposo, nos llenaron de finuras y cortesías. La joven marquesa nos hizo subir a su coche, que nos llevó hasta el pie de la colina sobre la cual está edificado el monasterio. Su bondad no se acabó allí, sino que nos dio muchas pruebas de su cariño con las más finas atenciones, y los más delicados procederes con que pudo prevenir nuestros deseos, lo que nos hizo más conocer la bondad de su corazón. Esta agradable compañía, y el deseo de ver a nuestras tan amadas hermanas, nos hicieron subir con gusto aquella colina, a pesar de que el sol era muy ardiente, y muy grande nuestro cansancio.
¡Al fin llegamos a estar entre los brazos de nuestras hermanas! ¡Oh, qué dulce alivio fue para nosotras la efusión de sus corazones! ¡Cómo expresar todo lo que probábamos! ¡Cómo relatar todos los cuidados innumerables, las cordialidades sin límites de que nos vimos rodeadas en aquella edificante comunidad! ¡Cuántos ejemplos de fervor, de regularidad, de sincera dilección tuvimos a nuestra vista! Fue sin duda disposición de nuestro divino Maestro que nuestra salida fuese retardada, para darnos un nuevo medio de perfección, acompañado de los más suaves gozos de la amistad visitandina [= salesa].
Nuestra muy amada hermana, la madre María Catalina Schiaffino contrajo entonces con nuestra madre Luisa Beatriz [Radice] una intimidad, que siguió con gran contento por una asidua correspondencia de cartas que dura todavía después de muchos años y de la muerte de esas dos amadas madres. Todas aquellas buenas hermanas, que recordamos distintamente, hacían a porfía a quien nos podría dar más gusto.
Y como si esto no bastase a sus corazones, los últimos días nos hicieron el regalo de una muy linda casulla en estofa blanca, acompañada de otros ornamentos para la iglesia, y muchas flores artificiales, trabajo de sus queridas niñas educandas, cuya oficiosidad [diligencia] y buen espíritu tuvo mucho atractivo para nosotras.
El señor canónigo Magnasco tuvo la extrema bondad de hacer una plática para animarnos a emprender la santa misión, a la cual Dios nos destinaba aplicándonos estas palabras del cap. 1 de Jeremías: Ecce constitui te hadie super gentes, et super regna, ut evellas et destruas et disperdas, et edifices et plantes. [Yo te establezco en este día sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y derribar, para perder y demoler, para edificar y plantar: Jr 1, 10].
Los señores parientes de nuestra respetable madre Luisa Beatriz Radice, deseosos de aprovechar todos los instantes que quedaban, antes de que el océano los separase de ella para siempre, se habían pasado de Milán a Génova, para procurarse otra vez la consolación de verla. Se detuvieron allá hasta nuestra salida, y fue en esta ocasión que le dieron pruebas las más reales y consoladoras de su verdadero cariño, y del aprecio que hacían de ella, porque tuvo el consuelo de ver unirse con los lazos de la paz y santas amistades a algunos de los miembros de su familia, que motivos de interés no tenían en buena inteligencia, lo que fue el fruto de sus santas y amorosas exhortaciones. Los presentes considerables que le hicieron, nos obligan a considerarlos como nuestros bienhechores.
Estábamos en la esperanza de hallar en Génova una pronta embarcación para América, y todo parecía prometérnoslo. Esta fue la causa que nos hizo renunciar al proyecto el más deseado, al consuelo el más reclamado, a las ofertas las más estimulantes…
Nuestra muy amada la madre María Camila Conti, superiora de nuestro Monasterio de Turín deseaba ardientemente volver a ver por última vez a la incomparable amiga de su corazón, nuestra digna madre, la cual por su parte, y nosotras también, hubiéramos tenido el mayor gusto en decir el último adiós a una tan amada madre… Pero Dios quiso el sacrificio…; sería disminuir el mérito el entremeterse más en lo que ha costado tanto a corazones tan unidos por los lazos de visitandina dilección.
Nuestro Señor permitió que las cosas anduviesen muy diferentes de lo que habíamos pensado; no hubo proporción [oportunidad] de embarcarse por 18 días, lo que ejercitó mucho la hospitalidad de nuestras hermanas.
Serie completa sobre el Monasterio de la Visitación y las monjas salesas o visitandinas
Primer artículo: El manuscrito
Segundo artículo: Encender el fuego divino en la Patria Vieja
Tercer artículo: Sor Luisa Benedicta Gricourt
Cuarto artículo: Todo se volvió en nada
Quinto artículo: El P. Isidoro Fernández
Sexto artículo: Un terrible huracán
Séptimo artículo: Pío IX: otra vez Montevideo
Octavo artículo: El enemigo no dormía
Noveno artículo: Pío IX: “Lo que hemos oído personalmente”
Décimo artículo: El sacrificio: 5 de agosto de 1856
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