En el día de su cumpleaños y aniversario de bautismo, Andrés Chiribao fue ordenado diácono con vistas al sacerdocio.
Andrés Chiribao empezó a rezar el padrenuestro cuando tenía cinco años. Le enseñó su padre, un hombre que en aquel tiempo se definía como agnóstico pero que cuando era niño había sido bautizado y recibido la primera comunión. Su madre, en cambio, se consideraba “católica a la uruguaya”, es decir, no practicante. “Mientras ellos miraban televisión en el living, yo rezaba a solas en mi habitación”, dice.
Son las diez de la mañana del jueves 18 de julio. En la esquina de José Ellauri y Solano García, el corazón del barrio Punta Carretas, se respira tranquilidad ante el feriado no laborable. Chiribao abre la puerta principal de la parroquia Nuestra Señora del Sagrado Corazón y sale a la calle, con termo y mate bajo el brazo. Usa lentes y viste campera gris, camisa clara, pantalón negro y mocasines negros.
Faltan tres días para su ordenación diaconal camino al sacerdocio. La tarde anterior, 17 de julio, hizo la promesa de celibato y profesión de fe en la capilla del arzobispado ante el cardenal Daniel Sturla. “De la ordenación hay tres cosas que me llaman la atención particularmente: la promesa de celibato —que es una entrega total y para siempre—, la incardinación con la Arquidiócesis de Montevideo y el poder bendecir”.
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Chiribao nació el 21 de julio de 1995 en Montevideo. Hijo único de Gustavo Chiribao y Cristina Cardozo. El día que cumplió un año fue bautizado. Se crio en el barrio Piedras Blancas —junto con sus padres, abuelos y tíos— y se educó en el colegio Divina Pastora, donde tuvo su primer acercamiento a la fe católica.
Descubrió lo que era una misa a los seis años en su escuela. “Imitaba los gestos del sacerdote”, recuerda a las risas. Después, en un tono más serio, dice: “Experimenté mucha paz. Me sentí muy atraído por el altar, algo que me sucede hasta hoy y no sé cómo explicar”. Además, fue allí donde se despertó su vocación. “El primer recuerdo que tengo de que quería ser cura fue un día en el que la hermana del colegio dijo que para ser sacerdote había que estudiar diecisiete años. Mi respuesta fue: ‘Ah, si hay que estudiar tanto, mejor no’”.

Andrés Chiribao. Fuente: Romina Fernández
A los diez años, mientras cursaba quinto de primaria, Chiribao recibió la primera comunión. “Tras la celebración, mientras mis compañeros se fotografiaban con una imagen de Jesús, yo quería sacarme una foto junto al sagrario”.
Con trece años se integró a la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Pompeya. Empezó a concurrir solo a la misa de los sábados por la tarde y los domingos por la mañana. “En aquel tiempo no le encontraba sentido a mi vida, atravesaba por una crisis existencial y en la eucaristía me hallaba en paz”.
En 2009, en pleno año electoral, comenzó a militar en política con quince años. Iba a misa con menos frecuencia. En setiembre de ese año, ante el fallecimiento del sacerdote que le había dado la primera comunión, Eduardo Minelli, Chiribao volvió a la parroquia.
Su regreso a la vida de fe significó el resurgimiento de su vocación al sacerdocio. “Cuando tenía dieciséis o diecisiete años ya tenía bastante claro que iba a entrar al seminario. En 2011, conocí en la Jornada Nacional de la Juventud al padre Ricardo Echeverría, quien fue clave en mi vida. Él estaba en la parroquia vecina —Mater Admirabilis, en Jardines del Hipódromo—. Conversábamos por Facebook. Un día me preguntó si tenía novia. Y yo respondí: ‘Sí, la Iglesia’”, relata a carcajadas.
Echeverría, quien falleció en 2013 a los treinta y seis años, era el responsable vocacional de la Pastoral Juvenil en Montevideo. “Él me decía que ingresara al seminario con dieciocho años. En cambio mi párroco (Eliomar Carrara) me recomendaba que me anotara en la Facultad de Derecho porque pensaba que era un ‘bicho’ político, y que después viera”.

Gustavo Chiribao y Cristina Cardozo. Fuente: Romina Fernández
Chiribao renunció a la militancia política e ingresó al Seminario Cristo Rey el 20 de febrero de 2014, con dieciocho años. “Estaba muy feliz, a mis padres les costó entender mi decisión por ser hijo único pero siempre me acompañaron”.
En 2019 dejó el seminario y decidió regresar a la casa de sus padres y a su comunidad parroquial. Empezó a estudiar para ser docente de Filosofía en el Instituto de Profesores Artigas (IPA), carrera que continúa hasta hoy. Trabajó con niños y adolescentes en dos instituciones: Obra Social Educativa Don Bosco y en el colegio Sagrado Corazón.
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Chiribao toma mate en una sala de la parroquia Nuestra Señora del Sagrado Corazón, su casa desde el año 2022, cuando decidió retomar su formación religiosa. “Es una comunidad muy linda, en la que hay mucho para hacer. En estos dos años y medio he tenido servicios muy variados: catequesis de niños y adolescentes, guiar a grupos de señoras mayores, reparto de sopa a personas en situación de calle, acompañar procesos para que adictos ingresen a la Fazenda de la Esperanza, llevar comunión a los enfermos y manejo de las redes sociales”.
El lema que eligió para su ordenación es: “Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, allí estará también el que me sirva”, frase extraída del evangelio según san Juan. “La vida cristiana está relacionada con el servicio a los más frágiles. Se trata de evangelizar, de abrazar mi cruz y ayudar a otros a abrazar la suya”, explica Chiribao.
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La tarde del domingo 21 de julio está gris. El templo ubicado en el barrio Punta Carretas está repleto. Chiribao, en el día que cumple veintinueve años, ingresa en procesión detrás de los seminaristas y se sienta frente al ambón, próximo a sus padres, tíos, primos y amigos.

Andrés Chiribao al iniciar la celebración en la que fue ordenado diácono. Fuente: Romina Fernández
“Hoy es un día de fiesta para esta comunidad parroquial, pero también para la Arquidiócesis de Montevideo y la Iglesia”, dice el cardenal Sturla en su homilía, dado que la Conferencia Episcopal del Uruguay propuso que el 2024 sea un año dedicado a rezar por las vocaciones sacerdotales y religiosas.
Luego, el pastor de la Iglesia capitalina se dirige a Chiribao y le dice: “Que la meta sea para ti la gloria de Dios y no la tuya. Que la Virgen te acompañe, te dé humildad y sencillez, espíritu de servicio y de constructor de la paz, para ser un buen pastor, según el modelo de Jesús”.
Tras ser ordenado diácono y antes de finalizar la celebración, Chiribao se dirige a los presentes. “Te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque hoy has querido regalarme este don del servicio hecho sacramento”, lee en voz alta. Después, comienza a agradecer: a su familia, a la Arquidiócesis de Montevideo, al cuerpo diaconal, a los sacerdotes, a las parroquias que integró, a sus seres queridos difuntos, a las instituciones en las que se formó.
La celebración llega a su fin. Chiribao baja los tres escalones del altar y saluda a sus padres, tíos, primos y amigos. Después de los besos y abrazos, le piden que les dé la bendición, la primera de muchas que dará a partir de ahora.

Chiribao bendice a sus padres tras ser ordenado diácono. Fuente: Romina Fernández
Por: Fabián Caffa
Redacción Entre Todos