Reflexión de la película, por Tomás Sansón.
Hace unas semanas, un comentario jocoso de un amigo sobre la Iglesia, inspirado en la película Cónclave, derivó en una conversación que, lejos de quedarse en la anécdota, me llevó a reflexionar sobre convicciones, creencias y los estereotipos que pesan sobre la institución. Fue un diálogo profundo, que puso en evidencia cómo ciertos prejuicios aún moldean la percepción de muchos.
El film, recientemente estrenado en Uruguay, está dirigido por Edward Berger, basado en la novela de Robert Harris, y cuenta con un elenco destacado encabezado por Ralph Fiennes e Isabella Rossellini. Cónclave es un thriller que explora las intrigas tras la muerte de un papa, centrado en el complejo proceso de elección de su sucesor. La película se suma a una tradición cinematográfica que incluye títulos famosos como Las sandalias del pescador (1968), Ángeles y demonios (2009) y Los dos papas (2019).
El desarrollo se enfoca en los rituales de la elección papal, las tensiones entre los papables, las tendencias político-eclesiológicas de cada uno, y las intrigas y estrategias de sus seguidores. Además, explora los dilemas de conciencia de algunos cardenales, sus secretos y contradicciones internas. Como producto cinematográfico, resulta entretenido y culmina con un desenlace inesperado.
Sin embargo, no escribo estas líneas para ofrecer un análisis ni una crítica cinematográfica −no me interesa ni estoy capacitado para hacerlo−. Mi propósito es otro. El comentario de mi amigo, en apariencia trivial, desencadenó una serie de reflexiones sobre la Iglesia, la sociedad y la fe, tal como las vivimos en este rincón del mundo llamado Uruguay.
No pretendo realizar especulaciones sociológicas, filosóficas ni teológicas. Hay intelectuales y pastores más capacitados para ello. Quiero, simplemente, compartir algunos pensamientos desde el sentido común de un católico uruguayo que sabe algo de historia (o, al menos, se permite creerlo).
Tomé conciencia, una vez más, de la falta de conocimiento en nuestro país sobre aspectos importantes de la doctrina y las tradiciones eclesiásticas, especialmente sobre el proceso de elección papal. Esta práctica cuenta con antecedentes históricos fundamentales, como las bulas In nomine Domini (1059) de Nicolás II y Ubi periculum (1274) de Gregorio X.
Es curioso cómo un comentario aparentemente inocente puede revelar prejuicios y estereotipos hacia la Iglesia. Estas actitudes, a menudo formuladas con sorprendente liviandad, son demasiado frecuentes. Se opina y pontifica −nunca mejor usado el término− sobre asuntos que, en última instancia, no interesan realmente a quien los discute, pero que terminan exhibiendo desconocimiento, falta de tolerancia y ciertos prejuicios.
Paradójicamente, estas mismas actitudes reflejan la fascinación y el interés ―aunque no siempre confesados― que sigue despertando una institución con más de dos mil años de historia. Una institución que ha sobrevivido a desafíos externos como los planteados por el Imperio Romano, la Revolución Francesa o la Unión Soviética, y a profundas crisis internas, como el “Cautiverio de Aviñón” (1309-1377) o el “Gran Cisma de Occidente” (1378-1417).
Es común que cualquier atisbo de pecado o escándalo dentro de la Iglesia sea utilizado como argumento para atacarla, mientras que faltas similares o incluso más graves en otras instituciones suelen pasar desapercibidas. Intrigas de poder, ambición desmedida y crímenes como la pedofilia son ejemplos de conductas reprochables que afectan a distintas instituciones. Desde políticos corruptos hasta docentes que abusan de su autoridad, pasando por padres que maltratan a sus hijos, la historia de la humanidad está llena de ejemplos de personas que han cometido todo tipo de actos execrables. Sin embargo, parece que la Iglesia católica es la única sometida al escrutinio público constante.
Estas cavilaciones, surgidas a partir de una simple conversación, me motivaron a compartir estas ideas con los lectores de Entre Todos.
Aunque Cónclave sea una obra de ficción, invita a reflexionar sobre la imagen pública de la Iglesia y los desafíos que enfrenta en la sociedad contemporánea.
La Iglesia, como toda institución humana, está marcada por errores y pecados. Sin embargo, su impacto en la historia y su aporte a la sociedad son innegables.
El film puede ser más que un simple entretenimiento: es una invitación a reflexionar, en comunidad, sobre las diversas visiones de la Iglesia, tanto desde dentro como desde fuera. También nos desafía a cuestionar los mitos y preconceptos que la envuelven, al tiempo que abre un espacio para discutir su futuro, los límites y posibilidades del aggiornamento, y la urgente tarea de releer los documentos del Concilio Vaticano II, entre otros temas.
Además, nos estimula a cuestionarnos cómo vivimos en nuestras comunidades parroquiales, grupos y movimientos las tensiones que atraviesan a la sociedad. En nuestra región, estas tensiones se sintetizan en lo que algunos denominan “la grieta”, esa polarización binaria que separa a “los nuestros” de “los otros”, a “los buenos” de “los malos”.
En un plano más personal, Cónclave nos interpela sobre problemas de conciencia, contradicciones internas, la noción de pecado y el sacramento de la reconciliación.
En definitiva, creo que este inicio de un nuevo año ―y, además, jubilar― es una ocasión propicia para abordar, con criterio pastoral y en comunidad, los desafíos que plantea la era de la sinodalidad. Se trata, en última instancia, de estar atentos a los “signos de los tiempos” y de reconocer que Dios nos habla a través de ellos.
La Providencia se manifiesta y nos interpela en los hermanos, en la vida cotidiana, y también, ¿por qué no?, en una película.