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“Señor, danos siempre de ese pan”

Homilía sesquicentenario de la ordenación episcopal de Mons. Jacinto Vera

“Señor, danos siempre de ese pan”, la súplica de los judíos que escucharon a Jesús se hace también súplica nuestra: Señor danos siempre de ese pan que sacia, que es capaz de alimentar el hambre más profunda de nuestro corazón y nuestra vida.

No nos alcanza el pan que esta sociedad consumista nos ofrece: shopping, paseos, zapping, internet, espectáculos… Ya se lo decía San Pablo a los cristianos de Éfeso en la segunda lectura de hoy: “no procedan como los paganos, que se dejan llevar por la frivolidad de sus pensamientos”.

Nos tienta la frivolidad: la “civilización del espectáculo”, del “entretenimiento”. No tenemos la panza vacía como los judíos en el desierto, o la multitud reunida en torno a Jesús, pero muchas veces tenemos otro vacío, un vacío interior, que tratamos de llenar con cosas vanas.

Queremos, como nos enseña san Pablo, despojarnos del hombre viejo y vacío, ser renovados en lo más íntimo de nuestro espíritu revistiéndonos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en justicia y santidad.
Por eso tenemos hambre de ese pan que nos renueva.

“Mi Padre les da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da VIDA al mundo”

Eso es precisamente lo que necesitamos: VIDA nueva, vida plena, vida verdadera, vida digna, vida humana, vida divina.

“¡Señor, danos siempre de ese pan!” “Yo soy el pan de vida” dice el Señor.

Sí Señor, pero ¿Cómo te encontramos? ¿Dónde te buscamos?

“Yo estoy en medio de ustedes”. Es en la Iglesia, Pueblo de Dios, comunidad creyente, donde el Señor continúa su presencia en el mundo. Somos su Cuerpo, animados por su Espíritu. Con toda la fragilidad de nuestra humanidad marcada por el pecado, pero también con toda la vida divina que, por pura gracia, el Señor nos da en abundancia…

Iglesia santa, Pueblo de Dios vivo y presente, hecha carne, realidad visible hoy en esta asamblea como en tantas asambleas eucarísticas que se reúnen en el día del Señor, a lo largo y ancho del mundo. Pero hoy nosotros, obispos del Uruguay, sacerdotes y fieles, por pura gracia, estamos reunidos para celebrar esta eucaristía en torno al altar del Señor, haciendo memoria de Cristo y de su presencia en la historia concreta de esta Iglesia particular que peregrina en nuestra tierra.

Celebramos 150 años que en esta Iglesia Matriz fue consagrado obispo el primer hijo de esta tierra, el Venerable Siervo de Dios Jacinto Vera.

Era el año 1865. Hacía seis años que Jacinto era el Vicario Apostólico del Uruguay, la máxima jerarquía de nuestra Iglesia. Ya había sufrido desprecio y persecución, conocido la maledicencia y el exilio, pero también se había ido agigantando su figura por la valentía en enfrentar las dificultades, la sagacidad en el gobierno, la sinceridad de sus propósitos, la transparencia de su acción, el amor apostólico que lo llevaba a misionar en distintos lugares de nuestra tierra.

El Vicario Apostólico no solo vivía con entusiasmo su misión sino que sabía poner, aún en las situaciones dramáticas, una nota de buen humor, de hombre sabio, de quien sabe que las tormentas pasan y el azul del cielo permanece. Esa sabiduría propia del hombre de Dios.

En 1864, el gobierno interino de Don Atanasio Aguirre, en medio de las penurias que una guerra civil inicua infligía a nuestra gente, pidió al Papa Pío IX que nombrara obispo a Don Jacinto, aún cuando la erección de la diócesis de Montevideo no se pudiera concretar aún. En la carta al Papa el Presidente Aguirre decía: “Erigido el obispado ningún sacerdote de la Diócesis será tan digno de ser elevado a la jerarquía episcopal, como el indicado Rdmo. Sr. Vera, cuyas virtudes son ejemplares. El Poder Ejecutivo de la República no dejará de rendir la debida justicia al verdadero mérito de ese sacerdote, cuando el caso llegare. Entretanto me permito impetrar al Santísimo Padre la gracia de que invista al Rdmo. Señor Vera de la Mitra de Obispo in Partibus, como premio a su distinguido mérito y como paso previo, que nos aproxima al fin que aspiramos.” Continuaba luego el presidente Aguirre que, si bien la Santa Sede conocía las virtudes del Vicario Apostólico: “Sin embargo, me complazco en añadir a esos antecedentes mi testimonio individual, que, en mi carácter de Jefe Supremo de esta República y en ejercicio de mi representación exterior, ha de merecer de la Santa Sede, mayor consideración. El Rdmo. Sr. Vera, Cura de la Parroquia de Canelones por más de diez y seis años, se hizo expectable por su modestia, por su celo a favor de sus feligreses, por su desprendimiento de todo interés material y por su incansable caridad para con los pobres”

Accedió el Santo Padre y siendo ya presidente del gobierno el Gral. Venancio Flores, se procedió en esta Iglesia Matriz a la consagración episcopal realizada por el Obispo de Buenos Aires Mons. Escalada.

Por primera vez en nuestra tierra se transmitía la sucesión apostólica que unió para siempre la Iglesia que peregrina en el Uruguay con la cadena ininterrumpida que nos liga a los apóstoles, y a través de ellos con el Señor Jesucristo.

La fe cristiana es don de Dios que recibimos a través de personas vivas: nuestros padres, abuelos, catequistas, sacerdotes. No se trata de recibir un libro, o un paquete, se trata de una voz viva que nos dice, nos enseña, nos manifiesta, la alegría del amor de Dios. Esta fe viva se transmite con fidelidad y sin error, de generación en generación, porque hay una cadena de testigos que son sus garantes, sus custodios, sus defensores. “La sucesión apostólica en su esencia es la presencia viva de la palabra en la forma personal del testigo.” Es la realidad estupenda que está constituida por el Papa, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los apóstoles, que junto a Pedro y bajo Pedro, forman el colegio episcopal.

Por la imposición de manos del Obispo de Buenos Aires sobre Jacinto Vera el Espíritu Santo consagró a nuestro primer Obispo. Este año, el Sucesor de Pedro, que fue también Obispo de Buenos Aires, declaró solemnemente que Don Jacinto había vivido las virtudes cristianas en grado heroico y que podía ser honrado llamándolo Venerable.
Desde esa fecha hasta ahora se han realizado en el Uruguay unas 47 ordenaciones episcopales. El Espíritu Santo se hace presente en medio nuestro para que no haya ovejas sin pastor.

La intrepidez apostólica del Venerable Siervo de Dios nos golpea a nosotros hoy. ¿Somos esa Iglesia en salida de la que habla el Papa y que tan estupendamente encarna Mons. Jacinto Vera? ¿Somos conscientes que estamos como en su época en un “hospital de campaña” que requiere nuestra atención en forma urgente?

El jueves pasado volví a comprobar, en un asentamiento de nuestra ciudad, donde hay un grupo de misioneros trabajando, que sigue habiendo hambre del Pan de Vida en nuestra gente. Dos horas de oración, de alabanza, de testimonios, de reflexión en una Casa de la Palabra construida por la misma gente del barrio. Pero no basta “abrir la panadería” un rato. Hay que salir a distribuir el pan, hay que saberlo ofrecer, buscar nuevos modos de llegar a tantos que pueden pasar por este mundo sin saborear el Pan de vida, por nuestra comodidad o desidia. El Señor multiplicó el pan porque un muchacho le cedió los cinco panes y dos peces que tenía para comer.
Hace 150 años el Uruguay vivía de guerra civil en guerra civil, nuestra Iglesia era pobre en recursos materiales y pastorales, pocos sacerdotes y una mínima presencia de la vida consagrada. La ignorancia religiosa campeaba, no había seminario, ni laicado organizado. En pocos años la tarea titánica del Siervo de Dios fue bendecida por el Señor con frutos abundantes.

Necesitamos hoy salir, anunciar, misionar. Los fundamentos de nuestra esperanza son los mismos que tuvo Jacinto: la certeza que el corazón humano está inquieto hasta que conoce a Dios “El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.»; la firme y humilde seguridad de que la fe es verdadera y por eso mismo bella, buena y atractiva. La confianza en que el Señor camina con nosotros en las vicisitudes de nuestra historia.

En el escudo episcopal de Mons. Vera una rama de jacinto y un laurel de victoria rodean el corazón traspasado de la Virgen Dolorosa. “Jacinto triunfará por María”. Sí también nosotros tenemos esta serena certeza: de la mano de María podremos vencer todos los obstáculos y obtener la victoria: María “vida, dulzura y esperanza nuestra”, sé nuestra Madre como lo fuiste de Jacinto Vera, acompaña a nuestra Iglesia para que podamos llevar a todos los rincones de nuestra tierra la bendición de encontrarse con Jesús, Pan de Vida.

Card. Daniel Sturla

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