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Jóvenes llevaron esperanza a la gente en los cementerios

Unos 50 chicos rezaron con la gente en los camposantos de la ciudad
Matilde Collier, Regina Maggia, Roxana Trigo y Nayara Linhares en el cementerio del Norte

Día inclemente como pocos. Viento, alerta meteorológica, amenaza de lluvia, campera gruesa a comienzos de noviembre. La fecha también tendía al gris, pues el Día de los Difuntos no llama a la alegría. Pero Iglesia Joven propuso evocar la esperanza, con una misión de chicos en los cementerios para dar consuelo a los deudos.

En total, participaron unos 50 jóvenes en cuatro camposantos de la ciudad: La Teja, Cerro, Norte y Buceo. Fueron convocados por los párrocos y las redes sociales, se inscribieron por internet y se presentaron en la parroquia asignada el 2 de noviembre a las nueve de la mañana. Tuvieron una pequeña instrucción, una oración de envío y allí se fueron, con un pequeño manual misionero en la mano, muchas estampitas y ganas de servir.

“Los saludábamos, les decíamos que somos de la Iglesia Católica y les preguntábamos a quién habían ido a visitar”, relató una de las misioneras. A partir de ahí, el diálogo comenzaba a fluir y la gente abría -en mayor o menor medida- su corazón. “Me pareció muy bueno poder venir a acompañar a muchas personas. La gente se ponía a llorar, uno se da cuenta de la cantidad de gente que sufre y muchas veces nos olvidamos de pensar en los demás”, comentó Regina Maggia, que frecuenta la Parroquia Virgen de los Treinta y Tres, que queda muy cerca del cementerio del Norte.

“Mucha gente piensa que después de la muerte ya está todo, que fallecer es lo peor que puede pasar. No ven lo que significa la gracia de estar con Dios. Intentamos ayudar en ese momento de tanto sufrimiento, ayudarlos a poder creer que hay una vida después”, agregó esta joven.

El camposanto del Norte es el que tuvo mayor presencia de misioneros, pues eran unos 20. Pocas personas les dijeron que no tenían interés en hablar con ellos. La mayoría, en cambio, accedió a conversar y todos rezaron. Los jóvenes tenían una estampitas con un salmo, una oración por los difuntos y otras plegarias básicas como el Padre Nuestro y el Avemaría. Además, anotaban en su cuadernillo los nombres de los muertos, para ofrecer la Misa por ellos. Las páginas se llenaron de letras.

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Así, estos jóvenes fueron testigos de conversiones. “Un chico nos contó que su amigo había muerto. Empezó a relatarnos todo lo que hacía, tenía una vida 'mala'. Uno se da cuenta de que la gente sufre, necesita de alguien mayor que lo ayude a seguir, a caminar. Y este joven nos contó que estaba intentando volver a empezar su vida, porque la suya no era buena”, relató por ejemplo Nayara Linhares, brasileña que vive en Uruguay porque es misionera de Shalom.

Otra que vivió una experiencia fuerte fue Florencia, que estuvo con un grupo en La Teja. Una señora le agradeció sus palabras; dudaba de ir al cementerio ese día y sintió, gracias a este grupo de chicos, que era momento de volver a acercarse a Dios. Le interesó lo que Florencia le explicó sobre las indulgencias y le aseguró que iría a la Catedral, a pasar por la Puerta Santa y a confesarse.

“Dejamos una semilla. Es tremendo experimentar así la misericordia de Dios. Y si yo lo viví, imaginemos lo que vivió la señora”, dijo la joven con tono de entusiasmo. “Recontra valió la pena”, agregó.

Los chicos compartieron el almuerzo en la parroquia asignada antes de volver a la zona de misión. Participaron allí en la Misa y al final del día hicieron una última oración y reflexión final.

¿El clima no los desestimuló? ¿No convenía quedarse en casa, con la estufa y la televisión prendidas? Todos respondieron que no. “Capaz que un día soleado viene mucha gente, pero en un día así se puede demostrar realmente la fe. De todas formas, no es carga ninguna venir aquí. Al contrario, lo hacemos de corazón”, se apura a responder Roxana Trigo, que también estuvo en el Norte. “Aparte, no llovió”, agregó más rápida aún su amiga Regina.

“En todo caso, vino mucha gente y fue bueno poder estar. Y el cementerio es parte de nuestro barrio, para nosotros es normal estar aquí hoy”, apostilló Matilde Collier, francesa, misionera de Puntos Corazón. Su comunidad está efectivamente en la misma zona que el camposanto.

¿Laicidad?

Aline Sosa, brasileña, confesó que no sabía con qué se iba a encontrar. La etiqueta de la laicidad le imponía cierto respeto y se llegó a imaginar que los echarían de los cementerios o que no los dejarían hablarle a la gente.

“La experiencia fue muy distinta de lo que esperaba, la gente nos recibió muy bien. Fue increíble. Decíamos que éramos de la Iglesia Católica y nos abrían el corazón. Rezamos con todos aquellos a los que nos acercamos, pedimos por las almas de los difuntos, por sus amigos, sus familiares”, reveló.

“Es cierto que también existe la fragilidad en un día como hoy, pero no creo que este sea el caso”, comenzó. Y luego describió al “uruguayo tipo” que encontró esa jornada: “Vi un uruguayo necesitado de ese abrazo del Padre, de un hermano, sea quien sea, que lo mire y le diga 'estoy contigo, lloro contigo'. La gente tiene sed de este acercamiento, más allá de la resistencia que a veces pone”, reflexionó.

Regina acotó algo igualmente interesante. “A veces la Iglesia Católica no sale a evangelizar, se ve a otras religiones. Y el hecho de que los demás vean que somos jóvenes y católicos da un mensaje positivo, además de que revela que la Iglesia no es solo para los que creían desde antes, sino que siempre se está a tiempo de acercarse a ella”.

La última pregunta de la conversación salió sola. ¿El año que que viene volverían a participar en algo así? Los sinónimos aparecieron todos al mismo tiempo: “Seguro”, “claro”, “sin duda”, “recontra”.

Por Carolina Bellocq

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