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Homilía de Corpus Christi

Transcripción de las palabras del Arzobispo en la Misa en la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo
"Poder recibir la Comunión, si lo hacemos en las debidas condiciones, está de más". F. GUTIÉRREZ

Queridos amigos y hermanos, estamos contentos porque estamos celebrando como Iglesia arquidiocesana esta fiesta que llena el corazón de alegría.

Hace unos años, visitando a un señor enfermo le llevé la Eucaristía. Y él me comentó que durante varios años no había podido acercarse a la Eucaristía por su situación, y me dijo con esas palabras que se dicen en momentos claves, como cuando se está preparando para el encuentro con el Señor: “Padre, tenía hambre de Eucaristía”. El hambre de comulgar el cuerpo de Cristo, el hambre del Pan de la Vida. En nuestra vida como sacerdotes llevando la Eucaristía a los enfermos —y quizá muchos ministros de la Eucaristía laicos también lo viven—, ¡qué alegría, qué paz, recibir a Jesús! Es el anhelo de recibir al Señor.

Pero acá hay una cantidad de niños y esto me llena el corazón. Porque muchos de nosotros podremos pensar en nuestra primera comunión, y si estábamos bien preparados, como me pasa cuando voy a visitar colegios o parroquias y voy a los grupos que están por tomar la comunión. Si los chicos están bien preparados, sienten el anhelo, el ansia, el deseo de Eucaristía. Yo lo sentí así siendo el menor de cinco hermanos y lo estaba esperando porque íbamos con mi familia todos a Misa, y era yo el que quedaba por recibir a Jesús. Y era entonces este anhelo, este deseo: recibir al Señor, comulgar con Él. Hambre de Eucaristía.

Muchas veces uno allí experimenta esa felicidad propia del Espíritu Santo, el don de la alegría espiritual, que se nos da cuando nuestro corazón está abierto a la acción del Espíritu Santo y cando nuestros deseos son deseos de Dios, deseos espirituales. Deseos no sólo de tener cosas, de hacer muchos viajes, sino de vivir una vida plena, llena de sentido. Entonces, allí uno experimenta la alegría del corazón que está unido al don más grande que Dios nos da, que es la Eucaristía.

El pan eucarístico es así alegría y felicidad del corazón humano, comida de peregrinos, verdadero pan de hijos. Precisamente porque somos hijos de Dios, podemos compartir esta maravilla. Se nos llena el corazón de gratitud y admiración; la admiración eucarística por el don inmenso que el Señor nos hace.

El Card. Daniel Sturla enfocó su mensaje en la centralidad de la Eucaristía. F. GUTIÉRREZ

El Card. Daniel Sturla enfocó su mensaje en la centralidad de la Eucaristía. F. GUTIÉRREZ

Este pan eucarístico, que vamos a consagrar, nos salva. “Fruto de la tierra y el trabajo de los hombres”, decimos en la presentación de los dones. Ahí en la patena y en el cáliz ponemos nuestros anhelos, nuestras ansias, nuestros trabajos, nuestros dolores, nuestras alegrías. Pero allí el Espíritu Santo transforma. Pero esa transformación que hace el Espíritu en el Cuerpo y la Sangre de Cristo es porque el Señor dio en la cruz su vida por nosotros. Se entregó y dijo: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes”. Por eso es comida de salvación, porque el sacrificio de Cristo en la cruz nos ha obtenido el perdón de los pecados, nos ha abierto las puertas del paraíso.

Entonces, con tantas cosas buenas que en la tierra vivimos y también con tantos dolores que vivimos “en este valle de lágrimas”, nosotros levantamos nuestra mirada al Cielo y confiamos que un día nos encontraremos allí con la Santísima Virgen. Miren qué hermosa está la imagen de la Virgen, ¡qué preciosa que es! Nos encontraremos con Ella glorificada y con los ángeles, los santos y con Dios Santísimo, Trinidad, Omnipotente. Y allí viviremos el gozo del banquete celestial.

Pero mientras tanto, Pan del peregrino, Pan del amor. Hasta dónde nos ama Dios que hoy, en pleno 23 de junio, comenzando el invierno, nos ha tocado este día. ¿No es esta una manifestación más del amor de Dios hacia nosotros, hecho ternura y caricia para esta Arquidiócesis de Montevideo?

Denles de comer y comieron hasta saciarse

Hay dos frases del Evangelio de hoy que quiero subrayar. La primera es cuando el Señor responde a sus discípulos que estaban preguntándole “¿Qué hacemos con esta multitud?”, “Denles ustedes de comer”. Y al terminar la lectura del Evangelio de hoy dice “y comieron hasta saciarse”; la abundancia del don de Dios.

Esto me resuena como una llamada misionera. Estas semanas he estado de visita pastoral por el oeste de Montevideo: Santiago Vázquez con varias capillas, Punta Espinillo, Barrio Gori, en Rincón del Cerro (Parroquia Inmaculada Concepción), en Paso de la Arena (Parroquia Jesús Obrero). ¡Qué comunidades hermosas y con vida! He visto comunidades que están haciendo un esfuerzo misionero, comunidades donde hay gente que pone trabajo y cariño, y no mide fuerzas para entregarse. Gente veterana, todo terreno que está allí presente, pero también jóvenes y niños en catequesis.

Pero no deja de ser también un interrogante que somos una Iglesia más pequeña que antes. Y esto no es por un tema de cuántos somos o dejamos de ser, sino de cuántos se pierden del alimento de Cristo Eucaristía. Hoy el Señor nos dice a cada uno de nosotros: “Denles ustedes de comer”.

Me decía Mons. Pablo Jourdan que tuvo una reunión con 20 grupos de jóvenes que salen a repartir comida a personas en situación de calle. Pero no solo dan de comer, dan un plato de comida, dan encuentro y cariño, y abrazo, y oración. ¡Qué bien! Y estamos trabajando también en el tema migrantes y con las adicciones; queremos fundar una Fazenda de la Esperanza. Como siempre, falta plata, pero trataremos de hacerlo en Punta de Rieles, donde era el convento de las Carmelitas, que generosamente nos lo han dado, y poder fundar una fazenda allí.

“Denles ustedes de comer”. Pero sabemos que no alcanza con un plato de comida, tampoco alcanza con un buen tratamiento terapéutico, tampoco con recibir y dar abrigo a los migrantes si no entregamos lo mejor que tenemos: el Señor Jesús.

Ayer en el barrio Maracaná, en la diaconía Virgen de los Treinta y Tres, me decían que la Iglesia está cuando hay que salir a arremangarse y trabajar con los inundados, o hay que solucionar algún problema. Pero después la dimensión espiritual y religiosa se vive en otros lados. No se vive en la Iglesia Católica.

Despertemos

¡¡¡Queridísimos, despertemos!!! Despertemos y seamos conscientes de que tenemos el tesoro del Pan eucarístico, que para nosotros estará siempre unido el ‘Jesús del altar’ con el ‘Jesús del hermano que sufre’. Pero si a ese hermano que sufre no lo llevamos también al Jesús del altar, le estamos haciendo perder lo más bonito de la vida y la alegría que anida en nuestro corazón.

“¡No saben lo que se pierden!”, me dijo una vez una monjita, “no saben lo que se pierden aquellos que no conocen a Jesús”. No saben lo que se pierden aquellos que no conocen la Eucaristía.

Ayer, en una hermosa vigilia vocacional con jóvenes, un sacerdote dio un testimonio hermosísimo de su vida sacerdotal, de hombre entregado y feliz, y dijo: “Ser cura está de más”. Yo digo: sí, ciertamente que sí. Pero ser cristiano, católico, pertenecer a la Iglesia Católica está de más. Poder celebrar juntos, comunidad creyente, la Eucaristía, y que se actualice sobre este altar el sacrificio de Cristo, está de más. Poder recibir la Comunión, si lo hacemos en las debidas condiciones, está de más. Demos gracias a Dios.

Con el Programa Misionero Jacinto Vera hemos querido decir: “Escuchemos, hagámonos prójimos, testimoniemos a Jesús”. Hoy lo hacemos en las calles de nuestra ciudad. ¡Qué bueno, qué hermoso! El Señor mira hacia nosotros y derramará abundancia de lluvia, de lluvia de bendiciones sobre cada uno de nosotros y sobre nuestra Iglesia. Que la sepamos recibir con los brazos abiertos y el corazón agradecido.

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